Recuerdos de… Rita Frutos López

Entré en el colegio con 3 ó 4 años. Iban mis primas, que vivían en Torre de Romo, pasaban a recogerme y me llevaban con ellas. Me daba clase Hna. Brígida. No había pupitres, nos tenían en bancos en un sitio que después fue capilla, entrando por el pasillo largo a la derecha, después del patio de luces.

De Hna. Celia aprendí a contener la curiosidad: no volver la cabeza cuando estoy rezando o haciendo algo aunque oiga que alguien entra. Ella me preparó para ir al instituto, aprobé ingreso y luego me fui a las carmelitas del puente.

 

Dña. Amparo Molina era una de la primeras alumnas del colegio, no tenía hijos, vivía donde ahora hay un hostal en plaza Camacho, tenía una capilla privada en su casa.

La parroquia organizó en grupos de 30 llevar a las casas las capillas, una especie de cajas de madera con un cristal en cuyo interior había una imagen de un santo o de la Virgen. Se dejaba en una casa que se llamaba coro durante  24 horas para que gente rezara. Las celadoras  llevaban los coros, mi madre de encargaba de uno. Recogíamos dinero para su mantenimiento. Nos hacíamos responsables de visitar las familias a las que  llevábamos las capillas. D. Mariano Aroca era el párroco que había en el Carmen. Era muy pobre porque compartía todo lo que tenía. Mi madre le compró unos pantalones y él se los regaló a un pobre.

En el colegio aprendí de todo, cosas de la vida práctica. Hna. Humbelina me enseñó mucho: me dio catequesis, me ayudaba a hacer las manualidades, era mi segunda madre. Me sentía muy acogida, teníamos muy buena relación. Aprendí la amistad con las compañeras de colegio. El colegio fue como mi segunda casa.

La Corte Carmelitana fue la corte de las antiguas alumnas, todos los domingos teníamos reunión, como no nos dejaban salir mucho, irnos al colegio era una salida. Se daba formación religiosa, amor a la Virgen. En principio estuvo con nosotras Hna. Celia Gras Vera, que era una gran mujer, más tarde Hna. Josefina Díaz era la que se encargaba de nosotras. Reforzábamos la procesión de la Virgen del Carmen. Salíamos todas las amigas. Yo fui abanderada. Era un sitio de reunión, de amigas, aún conservo las amistades de esa época. Fui una alumna privilegiada. Me encontraba muy a gusto en el colegio, contaban conmigo para todo lo que hubiera que hacer y yo colaboraba encantada.

En el colegio aprendí a coser y a bordar. Bordé un juego de cuna a mi hermanita que nació diez años después que yo. También aprendí valores y a relacionarme con Dios.

He traído un testimonio que quiero compartir aquí:

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