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Un congreso de Corazón para un mundo descorazonado

Un congreso de Corazón para un mundo descorazonado

Hoy parece razonable preguntarse: “¿qué hacen más de ciento cincuenta personas reunidas un fin de semana para hablar del Sagrado Corazón de Jesús?”. Pero la pregunta esconde una gran ceguera.

No se formularía con la misma ironía si esas mismas personas se hubieran encerrado tres días para estudiar la subjetividad líquida en la era de la hiperconectividad. Todo parecería importante. Habría carpetas, acreditaciones, palabras largas y un aire académico capaz de convertir cualquier niebla en doctrina. Pero basta decir “Sagrado Corazón” para que algunos imaginen una devoción antigua, demasiado cursi para ser verdadera y demasiado piadosa para ser práctica.

Y, sin embargo, pocas cosas resultan hoy más prácticas que volver a hablar del corazón.

Del 26 al 29 de junio, la Casa Diocesana de Málaga acogió el XXXI Encuentro de la Familia Carmelita de la Región Ibérica bajo el lema “El Carmelo, una familia con Corazón”. Allí nos reunimos más de ciento cincuenta personas llegadas de distintos lugares de España y de otros rincones del mundo: Portugal, Timor, Ruanda, Indonesia y muchas historias personales imposibles de resumir en una credencial. No era la globalización de las pantallas, sino la universalidad de lo católico.

La hermana Teresa Romo recordó la centralidad del corazón: vivimos porque antes hemos sido amados. El padre Silvio Bueno Marín mostró la actualidad de vivir hoy la espiritualidad del Sagrado Corazón. El Prior General, Desiderio García Martínez, situó al Carmelo en obsequio del Corazón de Cristo. Tres charlas, sí; pero sobre todo tres caminos hacia el mismo centro.

Porque el corazón del que allí se habló no era el corazón reducido a emoción, a impulso o a sentimentalismo. La posmodernidad ha convertido el corazón en una especie de termómetro del instante: siento, luego existo. Pero un termómetro no cura la fiebre. Sólo la registra. Un corazón reducido a sensación inmediata puede vibrar mucho y no sostener nada. Puede emocionarse ante todo y entregarse a casi nada.

El Sagrado Corazón dice lo contrario. No habla de una emoción pasajera, sino de un amor con memoria, identidad y vocación. En Cristo, el corazón no es capricho, sino centro; no es sensiblería, sino entrega; no es evasión del mundo, sino carne traspasada por el mundo y ofrecida para salvarlo.

Por eso el encuentro resultaba tan actual. El mundo contemporáneo padece una extraña enfermedad: ha multiplicado las comunicaciones y ha perdido la comunión; ha multiplicado los deseos y ha debilitado el propósito; ha multiplicado las identidades y ha empobrecido el arraigo. Nos sobran estímulos y nos falta fuente. Por eso más de ciento cincuenta personas viajando a Málaga para hablar del Corazón de Jesús no eran una rareza piadosa, sino una forma muy sensata de volver a la fuente.

El Carmelo sabe algo de esto. Sabe que la interioridad no es encerrarse en uno mismo, sino abrir dentro un lugar para Dios. Sabe que el silencio no es vacío, sino espera. Sabe que una familia no se sostiene sólo por afinidades, sino por un centro común. Por eso el lema “una familia con Corazón” no era una frase amable para una carpeta de encuentro. Era un programa de vida.

Lo más paradójico es que el mundo moderno llama inútil a lo único que puede salvarlo. Considera práctico hablar de técnicas, estrategias, diagnósticos y estructuras, pero mira con sospecha a quienes hablan del amor que da sentido a todo eso. Es como si un hombre muriera de sed y se burlara de un pozo porque no tiene wifi.

En el Evangelio, Jesús se sienta junto al pozo y ofrece a la samaritana “agua viva” (Jn 4,10). No le ofrece una teoría sobre la sed. No le entrega un informe sobre la desertificación espiritual de Oriente Medio. Le ofrece agua. Eso es el Sagrado Corazón: no una explicación elegante de nuestra sequedad, sino una fuente abierta.

Quienes estuvimos en Málaga no fuimos a defender una antigualla, sino a recordar una evidencia que el ruido nos roba: el hombre no se entiende si no se sabe amado. La esperanza no nace de mirarse más, sino de saberse mirado. La identidad no se inventa en el vacío, sino que se recibe de un amor anterior. La vocación no brota del capricho, sino de una llamada. El mundo, aunque no lo confiese, tiene sed de corazón. El Carmelo, fiel a sí mismo, no ofrece fuegos artificiales para entretener la sed, sino un camino hacia la fuente.

Al final, la pregunta se invierte. Lo raro no es que tantas personas pasaran un fin de semana hablando del Sagrado Corazón. Lo raro es que no fueran muchas más. Porque en una época que ha perdido identidad, esperanza y propósito, quizá no exista congreso más urgente que aquel que nos recuerda que no vivimos porque sentimos; vivimos porque somos amados.

César Nebot Monferrer
Laico Carmelita